La Condesa de Charny

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Y ya iba a introducir la llave en la cerradura, cuando la Reina le detuvo.

—¡Silencio! —dijo en voz muy baja.

Se escuchó con atención.

Oíanse pasos y cuchicheos en el corredor.

Sin duda ocurría algo extraordinario.

La señora de Tourzel, que habitaba en el palacio, y cuya presencia en el corredor, a cualquier hora que fuese, no podía producir ninguna extrañeza, se encargó de practicar un reconocimiento y ver de dónde procedía aquel rumor de pasos y de palabras.

Se esperó en una inmovilidad completa, reteniendo todos la respiración.

Cuanto más profundo era el silencio, más fácil era reconocer que el corredor estaba ocupado por varias personas.

La señora de Tourzel volvió; había reconocido a Gouvion y visto varios uniformes.

Imposible era salir por la habitación del señor de Villequier, a menos que esta tuviese otra puerta.

Pero no había luz.

En la habitación de madame Royale ardía una lamparilla, y madame Isabel fue allí a encender la bujía que acababa de apagar.

Después, con ayuda de esta luz, los fugitivos comenzaron a buscar una salida.


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