La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Pues vamos allá, señora; pero si no encontramos el coche, volveremos al punto a la calle de San Nicasio. ¿No es verdad?

—Sí, pero vamos.

Y la Reina condujo a su caballero a través de los tres patios, separados en aquella época por un grueso muro, y que se comunicaban entre sí por medio de una estrecha abertura contigua al palacio y cerrada por una cadena junto a la cual había un centinela.

La Reina e Isidoro franquearon una tras otra las tres aberturas y sus cadenas.

A ningún centinela se les ocurrió detenerlos.

¿Quién hubiera creído, en efecto, que aquella mujer vestida de criada de buena casa, dando el brazo a un apuesto joven con librea del príncipe de Condé y saltando ligeramente por las cadenas, era la misma Reina de Francia?

Se llegó a la orilla del agua.

El muelle estaba desierto.

—Entonces será en el otro lado —dijo la Reina.

Isidoro quiso volver.

Pero la Reina presa de un vértigo, le dijo:

—No, no es por aquí.

Y condujo a Isidoro hacia el puente Real. Atravesado este último, se encontró el muelle de la orilla izquierda, tan desierto como el de la derecha.


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