La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Veamos en esa calle —dijo la Reina.

Y obligó a Isidoro a llegar a la calle de Bac.

A los cien pasos, no obstante, reconociendo que debía haberse equivocado, se detuvo jadeante. Casi le faltaban las fuerzas.

—Y bien, señora, ¿insistís aún? —preguntó Isidoro.

—No —dijo la Reina—, conducidme adonde queráis.

—¡Señora, en nombre del cielo, valor!

—¡Oh! —exclamó la Reina—, no es el valor lo que me falta, sino fuerzas.

Y echándose hacia atrás añadió:

—Me parece que jamás podré encontrar el aliento que necesito. ¡Dios mío, Dios mío!

Isidoro sabía que en aquel momento la Reina necesitaba el aliento tanto como la corza perseguida por los perros.

Y se detuvo.

—Respirad, señora —dijo—, aún nos queda tiempo; os respondo de mi hermano, que esperará si es preciso hasta el amanecer.

—¿Creéis pues, que me ama? —exclamó María Antonieta con tanta viveza como imprudencia, estrechando el brazo del joven contra su pecho.


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