La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Creo que su vida os pertenece, así como la mía, y que el sentimiento que en mí es amor y respeto, en él es adoración.

—¡Gracias —dijo la Reina—, esto me consuela mucho y ya respiro! Vamos…

Y con movimiento febril emprendió la marcha, volviendo a pasar otra vez por el mismo camino que acababa de recorrer.

Pero en vez de entrar en las Tullerías, Isidoro se dirigió al postigo del Carrousel.

Se atravesó la inmensa plaza, que hasta la medianoche suele estar llena de puestos ambulantes y de coches de alquiler.

Ahora estaba casi desierta y sombría.

Sin embargo, oíase como un gran ruido de ruedas de coches y pasos de caballos.

Se había llegado al postigo de la calle de la Escala, y era evidente que los caballos y el coche cuyo ruido se oía iban a pasar por allí.

Ya se veía un resplandor, sin duda el de las hachas que acompañaban al coche.

Isidoro quiso retroceder, pero la Reina le empujó hacia adelante.

El joven se precipitó bajo el postigo para protegerla en el momento mismo en que las cabezas de los que llevaban las hachas y de los caballos aparecían por la entrada opuesta.


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