La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Apenas había dado la Reina diez pasos fuera del postigo, cuando un hombre que vestía taima azul y llevaba el rostro oculto bajo el ala del sombrero, cogió convulsivamente su brazo y atrájola hacia un coche parado en la esquina de la calle de San Nicasio.
Aquel hombre era el conde de Charny.
El coche era el mismo que hacía más de media hora esperaba a la familia real.
Creíase ver llegar a la Reina consternada, abatida, moribunda; pero estaba risueña y alegre; los peligros que había corrido, la fatiga, el error en que incurrió perdiendo el tiempo, las consecuencias que aquel retraso podía tener, todo lo había olvidado después del golpe que aplicó con su varita en el coche de Lafayette, pareciéndole que se lo había dado a él mismo.
A diez pasos del coche, un criado tenía un caballo de la brida.
Charny no hizo más que indicarle con el dedo a Isidoro, que montando de un salto partió al galope.
Marchaba a Bondy para pedir los caballos.
La Reina, al verle partir, le dirigió algunas palabras de agradecimiento que él no oyó.
—Vamos, señora, vamos —dijo Charny con esa voluntad mezclada de respeto que los hombres verdaderamente enérgicos saben tomar en las grandes ocasiones—, no hay un segundo que perder.