La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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«Calle de Coq-Héron, número 9, primera puerta cochera, partiendo de la calle Plâtrière», había dicho la condesa de Charny.

¡Extraña coincidencia, que al cabo de catorce años conducía al niño a la casa misma dónde nació, dónde aspiró el primer aliento de la vida, y de la cual fue sustraído por su padre!

Aquella casita, comprada en otro tiempo por el barón de Taverney, cuando, gracias al gran favor dispensado por la Reina a la familia, se disfrutó de algún bienestar y comodidad, había sido conservada por Felipe de Taverney, custodiándola un viejo portero a quien los antiguos propietarios parecían haber vendido con la casa. Ahora la servía al joven para descansar cuando volvía de sus viajes, o a Andrea cuando se quedaba en París.

Después de la última cena que medió entre la joven y la Reina, después de la noche que pasó a su lado, resolvió alejarse de aquella rival que le hacía partícipe de sus dolores, y en la cual las desgracias de la Reina, por grandes que fuesen, no llegaban nunca a las angustias de la mujer.

Por eso a primera hora de la mañana envió a su criado a la casita de la calle de Coq-Héron, con orden de preparar el pabellón, compuesto, según se recordará, de una antecámara, un pequeño comedor, un salón y una alcoba.


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