La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —No, señor, no necesito nada —contestó Malden también a media voz.
—Sed todos francos —dijo el Rey.
Dirigiéndose después a la Reina, que seguÃa mirando por la portezuela, añadió:
—¿En qué estáis pensando?
—¿Yo? —dijo la Reina procurando sonreÃrse—, pienso en el señor de Lafayette… probablemente no estará muy contento a estas horas.
Después continuó, dirigiéndose al señor de Valory, que se acercó a la portezuela:
—Francisco, creo que todo va bien, y estarÃamos ya arrestados si debiésemos serlo…; tal vez no se sabe aún nuestra partida.
—Es más que probable, señora —contestó el señor de Valory—, porque no veo por ningún lado movimiento ni sospechas… ¡Vamos, ánimo, todo va bien! ¡Partamos! —gritó al postillón.
Malden y Valory subieron otra vez al pescante y el coche continuó su camino.
A eso de las ocho llegaron al pie de una larga cuesta, a cuya derecha e izquierda habÃa un bonito bosque en donde cantaban los pájaros al reflejo de los primeros rayos del sol de uno de los más hermosos dÃas del mes de junio.
El postillón puso los caballos al paso, y los dos guardias saltaron a tierra.