La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Juan —dijo el Rey—, haced detener el coche y abrid la portezuela…; quisiera andar un poco, y me parece que la Reina y los niños no sentirán subir la cuesta a pie.

El caballero Malden hizo una seña y el postillón se detuvo; la portezuela se abrió, y el Rey y la Reina, madame Isabel y los niños, bajaron. Sólo madame de Tourzel se quedó en el coche por hallarse indispuesta.

En un momento toda la pequeña colonia se esparció por el camino: el delfín echó a correr detrás de una mariposa, y madame Royale comenzó a coger flores.

Madame Isabel tomó el brazo del Rey, y la Reina continuó sola.

Al ver esta familia esparcida de tal modo en el camino; a esos niños jugando y corriendo; a esa hermana apoyada en el brazo de su hermano y sonriendo con él; a aquella hermosa mujer pensativa y mirando atrás, y todo esto al reflejo de un temprano y hermoso sol de junio, rechazado por la sombra transparente del bosque hasta el centro del camino; todo esto, decimos, parecía una alegre familia que volvía a su casa de campo para gozar de los placeres de una vida tranquila y regular, y no un Rey y una Reina de Francia huyendo de un trono, al cual no debían volver sino para ser conducidos al cadalso.


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