La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Es verdad que un incidente debía turbar muy pronto los diferentes sentimientos que yacían en el fondo del corazón de los varios personajes que figuran en esta historia.

Repentinamente la Reina se detuvo como si sus pies hubieran echado raíces en la tierra, mirando hacia un hombre que aparecía a caballo, a la distancia de un cuarto de hora, rodeado de una nube de polvo.

María Antonieta no se atrevió a decir que era el conde de Charny.

Pero exhaló un suspiro.

—¡Ah! —dijo—, noticias de París.

Todos se volvieron, excepto el delfín, que acababa de coger la mariposa que perseguía; poco le importaban a él las noticias de París.

El Rey, que era algo miope, sacó del bolsillo un pequeño anteojo.

—¡Oh! Creo que es el conde de Charny —dijo.

—Sí —respondió la Reina—, él es.

—Sigamos, sigamos —dijo el Rey—, pronto nos alcanzará, no hay tiempo que perder.

La Reina no se atrevió a decir que las noticias que traía de París merecían que se le esperase.

En resumidas cuentas, sólo sería un retardo de pocos segundos, porque el jinete llegaba con toda la celeridad del caballo.


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