La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El mismo jinete miraba con gran atención, a medida que se iba aproximando, y parecía no comprender por qué el gigantesco coche había dejado en el camino a los viajeros.
Al fin los alcanzó en el momento en que el coche llegaba a la cima de la cuesta, y se paró.
Era el señor de Charny, según había adivinado el corazón de la Reina y los ojos del Rey. Llevaba levita verde de cuello flotante; sombrero con presilla y hebilla de acero; pantalón de piel ajustado y botas de montar. Su color, ordinariamente blanco mate, estaba animado por la carrera, y en sus ojos brillaba la llama que enardecía su rostro. Parecía en cierto modo un vencedor en su poderosa respiración y en su nariz dilatada.
La Reina, que nunca le había visto tan hermoso, dio un profundo suspiro.
Charny se apeó y se inclinó ante el Rey, y volviéndose en seguida a la Reina, la saludó.
Todos le rodearon, excepto los dos guardias a quienes la discreción había alejado.
—Acerqúense, señores —dijo el Rey—, las noticias que trae el conde de Charny interesan a todo el mundo.
—Primeramente —dijo Charny—, todo va bien; a las dos y media nadie sospechaba la fuga.
Cada uno empezó a respirar, y en seguida se multiplicaron las preguntas.