La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Sin duda… pero, cuanto antes será mejor; porque podré tranquilizar a mi hermano y explicar a la señora de Aage que la falta no está de mi parte.
—Si no es más que eso, tranquilizaos, buen Leonardo; las cosas saldrán bien —replicó el duque de Choiseul.
Como Leonardo no tenÃa ningún motivo para creer que el duque le llevaba contra su voluntad, se tranquilizó, a lo menos momentáneamente. Pero al ver que en Claye cambiaban otra vez de caballos y que no se trataba de detenerse en aquel sitio, el desgraciado exclamó:
—¿Vamos acaso a lo último del mundo?
—Escuchad, Leonardo —le dijo entonces el duque con gravedad—, no os llevo a una casa inmediata a ParÃs, sino a la frontera.
Leonardo profirió una exclamación, apoyó sus manos en las rodillas y miró al duque medio aterrado.
—¿A la… a la… frontera? —balbuceó.
—SÃ, Leonardo; allà está mi regimiento; debo recibir una carta del mayor interés para la Reina, y no pudiendo entregársela yo mismo, he de valerme de alguien para ello. Pedà a Su Majestad que me indicase una persona y la Reina os eligió, como hombre de quien se puede fiar por su celo.