La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Oh, señor duque! —exclamó Leonardo—, ¿creéis que soy digno de la confianza de la Reina? Y ¿cómo volveré vestido de este modo, con escarpines, calzón y medias blancas de seda? ¡No tengo dinero ni ropa que ponerme!

El buen Leonardo olvidaba que llevaba en su bolsillo dos millones en brillantes pertenecientes a la Reina.

—No os inquietéis, querido amigo —le dijo el duque—, tengo en el coche ropa, botas, dinero y todo lo que podáis necesitar; nada os faltará.

—Sin duda, señor duque, seguro estoy de que en vuestra compañía nada podrá faltarme…; pero mi pobre hermano, cuyo sombrero y hopalanda he tomado… y madame de Aage, que nunca está bien peinada sino por mi mano… ¡Dios mío, Dios mío! ¡En qué vendrá a parar todo esto!

—Es lo mejor, querido Leonardo; a lo menos así lo espero —contestó el duque.

Corrían como el viento, y el duque de Choiseul había encargado a su hermano que hiciese preparar cena y dos camas en Montmirail, donde pasarían el resto de la noche. Al llegar a este punto, los viajeros hallaron pronto todo lo que necesitaban.


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