La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Excepto lo de la levita y el sombrero, y el pesar de haber dejado burlada a madame de Aage, Leonardo estaba casi consolado. De vez en cuando dejaba escapar alguna expresión de gozo, siendo fácil ver que creía su orgullo bastante lisonjeado porque la Reina le hubiese elegido para una misión tan importante como la que le parecía tener a su cargo.
Ambos viajeros se acostaron después de cenar, y el duque encargó que el coche estuviese pronto a las cuatro de la mañana.
A las cuatro menos cuarto llamaron a su puerta, con el objeto de despertarle por si acaso se hubiese dormido.
Pero a las tres el duque no había podido cerrar aún los ojos, y entonces oyó desde su cama el ruido de un carruaje y el de los látigos con que los postillones anuncian su llegada.
En un momento saltó del lecho, se asomó a la ventana y vio parado en la puerta un cabriolé, del cual bajaron dos hombres vestidos de guardias nacionales, que pedían caballos con la mayor insistencia.
¿Quiénes eran estos guardias nacionales? ¿Qué venían a buscar en aquella hora? Y ¿por qué tanto interés en pedir caballos?
El duque llamó a su criado, ordenóle que enganchasen, y al punto despertó a Leonardo.