La Condesa de Charny

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Las noticias que traía el señor Goguelat no eran buenas; por todas partes en el camino, se notaba gran efervescencia, pues hacía más de un año que circulaban rumores sobre la fuga del Rey, no sólo en París, sino en provincias; los destacamentos de los cuerpos de diferentes armas que estacionaban desde Sainte-Menehould a Varennes habían infundido más vivas sospechas, y en una aldea inmediata al camino se había tocado a rebato.

Todas estas cosas podían privar del apetito al señor de Choiseul; por eso, después de haber estado una hora en la mesa y al dar la una y media, el duque dejó su asiento, y confiriendo el mando del destacamento al señor Boudet fue a situarse en una eminencia a la entrada de Pont-de-Sommevelle, desde donde podía abarcar con la vista media legua de circuito.

A pesar de su atención no descubrió correo ni carruaje alguno; pero esto nada tenía de extraño aún. No tan sólo el duque tenía en cuenta cualquier accidente fortuito, sino que, como hemos dicho, no esperaba al correo antes de una hora u hora y media, ni al Rey antes de la una y media o las dos.

Pero el tiempo pasaba y nada se veía en el camino, a lo menos nada que se pareciese a lo que se estaba esperando.

El duque consultaba la hora cada cinco minutos, y siempre que sacaba el reloj, Leonardo decía:


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