La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Entretanto —pues para la inteligencia de los acontecimientos, y a fin de ilustrar cada una de las circunstancias de este terrible viaje, debemos ocuparnos alternativamente de cada uno de los actores—, entretanto, decimos, esto es, mientras que Isidoro, como correo, precede en un cuarto de legua al carruaje; mientras que este sigue el camino de Saint-Menehould a Clermont, y acaba de entrar en la selva de Argonne; mientras que Drouet corre tras el carruaje y Charny en pos de Drouet, el marqués Dandoins reúne su tropa y hace tocar botasillas.

Pero cuando los soldados intentan ponerse en marcha, las calles se encuentran de tal modo obstruidas de gente, que los caballos no pueden adelantar un paso. Entre aquella multitud hay trescientos guardias nacionales uniformados y con el fusil en la mano.

Arriesgar un combate que, según todas las apariencias, había de ser encarnizado, era perder al Rey.

Mejor era, por consiguiente, quedarse, y de este modo contener al pueblo. El marqués parlamenta con él, preguntando a los jefes del motín lo que quieren, y el porqué de aquellas amenazas y demostraciones hostiles. El Rey, en tanto, llegará a Clermont, donde se halla el señor de Damas con sus ciento cuarenta dragones.


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