La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Si el marqués Dandoins hubiera tenido, como el señor de Damas, una fuerza respetable, habría intentado alguna cosa; pero ¿qué podía hacer con sólo treinta hombres contra tres o cuatro mil? Parlamentar, y así lo hizo.

El carruaje del Rey, que Isidoro precedía en algunos centenares de pasos solamente, a causa de la prisa que los postillones se habían dado, llegó a Clermont a las nueve y media, habiendo empleado hora y cuarto en las cuatro leguas que separan esta ciudad de la de Sainte-Menehould.

Esto, hasta cierto punto, explicaba a la Reina la ausencia de Charny.

Los alcanzará cuando se cambie de tiro.

El señor de Damas espera el coche del Rey antes de llegar a la ciudad, prevenido por Leonardo; reconoce la librea del correo y detiene a Isidoro.

—Perdonad, caballero —le dice—, ¿precedéis, en efecto a Su Majestad?

—Y vos, caballero —pregunta Isidoro—, ¿sois el señor conde Carlos de Damas?

—El mismo.

—Pues bien, caballero, precedo, en efecto, a Su Majestad. Reunid vuestros dragones y escoltad su carruaje.


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