La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Caballero —contesta el conde—, corre un viento de insurrección que me espanta, y me veo precisado a confesaros que no respondo de mis dragones si reconocen al Rey. Todo lo que puedo prometeros es replegarme detrás del carruaje, luego que haya pasado, e interceptar el camino.

—Haced lo que os sea posible —dijo Isidoro—; he aquí al Rey.

Y señaló en medio de la oscuridad el carruaje que llegaba, y cuya carrera se podía seguir por las chispas que saltaban bajo los pies de los caballos.

En cuanto a Isidoro, su deber es adelantarse para pedir los relevos.

Cinco minutos después se detiene en la casa de postas.

Casi al mismo tiempo llegan el señor de Damas y cinco o seis dragones.

Después el carruaje del Rey.

Seguía tan cerca a Isidoro, que este no tuvo tiempo de volver a montar a caballo. El carruaje, aunque no magnífico, era tan notable, que gran número de personas empezaron a agruparse delante de la casa del maestro de postas.

El señor de Damas estaba frente a la portezuela, sin aparentar que conociese a los ilustres viajeros.

Pero ni el Rey ni la Reina pudieron resistir al deseo de informarse.


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