La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El Rey hizo señas por un lado al señor de Damas, y la Reina por el otro a Isidoro.
—¿Sois el señor de Damas? —preguntó el Rey.
—Yo mismo, señor.
—¿Por qué no están sobre las armas vuestros dragones?
—Señor, Vuestra Majestad ha llegado cinco horas más tarde; mi escuadrón estaba montado desde las cuatro; yo procuré entretener el tiempo cuanto me fue posible; pero la ciudad comenzó a agitarse, y hasta mis dragones hacÃan conjeturas que me inspiraban alguna inquietud. Si la fermentación estallaba antes de pasar Vuestra Majestad, habrÃan tocado a rebato e interceptado el camino; por eso conservé tan sólo una docena de hombres, e hice entrar a los demás en sus alojamientos, encerrando en mi casa los trompetas, a fin de hacer tocar botasillas cuando sea necesario. Por lo demás, Vuestra Majestad ve que todo se presenta bien, pues el camino se halla desembarazado.
—Muy bien, caballero —dijo el Rey—, habéis obrado con prudencia… Cuando yo marche, dad la orden de montar y seguid el carruaje a un cuarto de legua de distancia poco más o menos…
—Señor —dijo la Reina—, ¿queréis escuchar lo que dice el señor Isidoro de Charny?
—Y ¿qué dice? —preguntó el Rey con alguna impaciencia.