La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Pero cuando el muchacho dijo: «El señor Isidoro de Charny no me habrÃa reconocido ni propuesto venir a ParÃs con él, para conducirme a las TullerÃas», los ojos de Andrea se abrieron, su corazón se tranquilizó, y con la mirada dio gracias al cielo; pues, en efecto un milagro le devolvÃa a Sebastián por conducto del hermano de su esposo.
Por último, al oÃr las palabras: «No hubiera podido llamaros madre, palabra tan dulce y tierna de pronunciar», Andrea, poseÃda del sentimiento de su felicidad, estrechó de nuevo a Sebastián entre sus brazos.
—SÃ, sÃ, tienes razón, esa palabra es muy dulce —repuso Andrea—; solamente hay una que lo es más, y es la que pronuncié al estrecharte contra mi corazón: ¡hijo mÃo!
Siguióse una pausa, durante la cual no se oyó más que el suave estremecimiento de los labios maternales sobre la frente del niño.
—Pero en fin —exclamó de pronto Andrea—, es imposible que todo siga siendo misterioso en torno mÃo; tú me has explicado cómo estabas allÃ; pero no cómo me reconocistes, por qué me perseguÃas, y qué te indujo a llamarme madre.
—¿PodrÃa yo deciros eso? —contestó Sebastián mirando a su madre con indecible expresión de amor—. Ni yo mismo lo sé. Habláis de misterios, y a mà me parece que todo es tan misterioso en vos como en mÃ.