La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Pero alguien te habrá dicho en el momento de pasar yo: «¡Niño, esa es tu madre!».
—Solamente mi corazón.
—¿Tu corazón?…
—Escuchad, madre mÃa, voy a deciros una cosa que tiene algo de prodigio.
Andrea se acercó al muchacho, fijando una mirada en el cielo, como para darle gracias por haberle devuelto su hijo, y sobre todo tal como era.
—Diez años hace que os conozco, madre mÃa.
Andrea se estremeció.
—¿No comprendéis?
—No, hijo mÃo.
—Pues permitidme decÃroslo; a veces tengo unos, sueños extraños que mi padre llama alucinaciones.
Al recuerdo de Gilberto, que pasaba como una punta de acero desde los labios del niño a su corazón, Andrea se estremeció.
—Más de veinte veces os he visto, madre mÃa.
—¿Cómo?
—En los sueños de que os hablaba hace un momento. Andrea pensó, por su parte, en aquellos sueños terribles que; habÃan agitado su vida, y a uno de los cuales el niño debÃa su nacimiento.