La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Imaginaos, madre —continuó Sebastián—, que siendo aún pequeño, cuando jugaba con los muchachos de la aldea y permanecÃa en el pueblo, mis impresiones eran las de mis compañeros, y nada veÃan mis ojos más que los objetos reales; pero cuando salÃa del pueblo, apenas pasaba de los últimos jardines y franqueaba después el lindero del bosque, parecÃame oÃr a mi lado como el roce de un vestido; alargaba los brazos para cogerle, pero no habÃa nada más que aire, alejándose entonces el fantasma. Pero invisible al principio, dejaba de serlo poco a poco; en el primer instante era un vapor transparente, como una nube semejante a aquella con que Virgilio rodeaba a la madre de Cartago. Después ese vapor se condensaba, tomando una forma femenina; esta forma, que era la de una mujer, deslizábase por el suelo, más bien que andaba sobre la tierra… y entonces una fuerza desconocida, extraña, irresistible, me impulsaba hacia la aparición. Internábase en los parajes más sombrÃos del bosque, y yo la perseguÃa, alargando los brazos, mudo como ella, pues por mucho que hubiera querido llamarla, jamás mi voz podÃa articular un sonido. Siguiéndola yo siempre, nunca se detenÃa, ni yo podÃa alcanzarla, hasta que al fin, el prodigio que me habÃa anunciado su presencia, me indicaba su marcha. El fantasma se desvanecÃa poco a poco; mas al parecer, sentÃa tanto como yo aquella separación, pues se alejaba mirándome; mientras que yo, rendido de fatiga, como si no me hubiera sostenido más que su presencia, caÃa en el lugar mismo donde ella habÃa desaparecido.