La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Aquella especie de segunda existencia de Sebastián, aquel sueño animado en su vida, semejábase demasiado a lo que le habÃa sucedido a la misma Andrea, para que esta no se reconociera en el niño.
—¡Pobre amigo mÃo! —dijo estrechándole contra su corazón—. ¡Con que era inútil que el odio te alejara de mÃ! Dios nos habÃa acercado sin que yo lo sospechase; pero menos feliz que tú, hijo mÃo, no te veÃa en sueños ni en realidad; y, sin embargo, cuando pasé por el salón Verde, me sobrecogió un estremecimiento; cuando oà tus pasos detrás de mÃ, experimenté como un vértigo, y cuando me llamaste «¡señora!», estuve a punto de detenerme; pero al oÃr qué me llamabas «madre», estuve a punto de desmayarme; apenas te toque, te reconocÃ.
—¡Madre mÃa, madre mÃa! —exclamó Sebastián como si hubiera querido consolar a Andrea después de haber estado tanto tiempo sin pronunciar tan dulce nombre.
—SÃ, sÃ, tu madre —replicó Andrea con un transporte de amor imposible de describir.
—Y ahora que nos hemos encontrado —dijo el niño—, y puesto que estás tan contenta y eres tan feliz por haber vuelto a verme, ya no nos separaremos. ¿No es verdad?