La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Andrea se estremeció: habÃa cogido el presente al paso, cerrando a medias los ojos sobre el pasado, y completamente respecto al porvenir.
—¡Pobre hijo mÃo! —murmuró suspirando—. ¡Cuánto te bendecirÃa si pudiera esperar semejante milagro!
—Dejadme hacer —dijo Sebastián—, yo arreglaré todo eso.
—¿Y cómo? —preguntó Andrea.
—No conozco los motivos que te han separado de mi padre.
Andrea palideció.
—Pero por graves que sean, se desvanecerán ante mis súplicas, y mis lágrimas si es preciso.
Andrea movió la cabeza exclamando:
—¡Jamás, jamás!
—Escucha —dijo Sebastián, que según las palabras que le habÃa dicho su padre: «Niño, no me hables de tu madre nunca», debÃa creer que toda la culpa de la separación era de esta última—. Escucha, mi padre me adora.
Las manos de Andrea que estrechaban las de su hijo, se aflojaron; pero Sebastián no se fijó en esto, por lo menos al parecer. Y continuó: