La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Le prepararé para verte, hablándole de la alegría que me has proporcionado; después, un día, te cogeré de la mano para conducirte a su presencia, y le diré: «¡Hela aquí, padre; mira, que hermosa es!».

Andrea rechazó a Gilberto y se levantó. El niño fijó en Andrea sus grandes ojos con expresión de asombro, y la vio tan pálida que tuvo miedo.

—¡Jamás! —repitió—, ¡jamás!

Y esta vez su acento expresaba alguna cosa más que el espanto indicaba la amenaza.

A su vez el niño retrocedió en el canapé; acababa de observar en aquel rostro de mujer esas líneas terribles que Rafael representa en los ángeles irritados.

—¿Y por qué? —preguntó con voz sorda—, ¿por qué rehúsas ver a mi padre?

Al oír estas palabras, el trueno estalló como al choque de dos nubes durante la tempestad.

—¿Por qué? —exclamó Andrea—. ¿Tú me preguntas por qué? ¡En efecto, pobre niño, tú no sabes nada!

—Sí —respondió Sebastián con firmeza—, preguntó por qué.

—Pues bien —dijo Andrea, incapaz de contenerse más tiempo bajo las picaduras de la serpiente venenosa que le corría el corazón—, porque tu padre es un miserable, porque tu padre es un infame.


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