La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Sebastián saltó del canapé donde se había acurrucado, y se puso en pie delante de Andrea.

—¿Es de mi padre, de quién decís eso? —exclamó—. ¿Es de mi padre, del doctor Gilberto, de aquel que me ha educado, de aquel a quien todo lo debo y él único que yo conozco?

Y el muchacho hizo un movimiento para precipitarse hacia la puerta.

Andrea le detuvo.

—¡Escucha —dijo—, tú no puedes saber, tú no puedes comprender, tú no puedes juzgar!

—¡No!, ¡pero puedo sentir, y siento que no os amo ya!

Andrea profirió un grito de dolor.

Pero en el mismo instante, cierto ruido que oyó fuera, distrajo la emoción que sentía, aunque muy profunda.

Era el rumor producido por la puerta de la calle que se abría, y por un coche que se detenía delante del pórtico.

Andrea se estremeció de tal modo al oír este ruido, que al niño le sucedió lo mismo.

—¡Espera! —le dijo—, ¡espera y cállate!

El niño, subyugado, obedeció.

Se oyó abrir la puerta de la antecámara, y pasos que se acercaban a la del salón.


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