La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—El pasaporte —contestó Sausse—, es asunto en este instante de una grave discusión en el Ayuntamiento.

—Y ¿cuál? —preguntó Luis XVI—. ¿Se dudará acaso de su validez?

—No, pero se duda que pertenezca efectivamente a madame de Korff, y corren voces de que son en realidad el rey y su familia los que nos hacen el honor de hallarse en nuestra ciudad.

Luis XVI dudó un momento en contestar; pero tomando de repente un partido, dijo:

—Pues bien; sí, yo soy el Rey… He aquí la Reina, he aquí mis hijos… y os ruego que tengáis por nosotros las consideraciones que los franceses tuvieron siempre con sus reyes.

Las palabras del rey fueron oídas, no sólo dentro, sino fuera de la puerta, abierta como hemos dicho, y obstruida por los curiosos que estacionaban la calle.

Por desgracia, si estas palabras habían sido pronunciadas con cierta dignidad, la chaqueta de bombasí[36], el calzón y medias azules, y la peluca a lo Rousseau que llevaba el que las profirió, se avenían mal con esta dignidad.

¿Cómo reconocer, en efecto, a un rey de Francia bajo tan innoble disfraz?

La Reina se apercibió de la impresión que habían producido en la multitud, y se ruborizó.


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