La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La Reina estrechó nuevamente entre las suyas las manos de Charny. Luego, volviéndose hacia el rey, sumido siempre en el mismo entorpecimiento, le dijo:
—Señor, ¿ha oÃdo Vuestra Majestad lo que dice su fiel servidor el conde de Charny?
Pero el Rey no respondió.
La Reina, entonces, acercándose a él, añadió:
—Señor, no hay tiempo que perder, y desgraciadamente hemos perdido ya demasiado… Aquà está el señor de Charny, que dispone de setenta hombres, seguros, según dice, y que espera vuestras órdenes.
El Rey movió la cabeza.
—¡Señor, en nombre del cielo —exclamó la Reina—, dad vuestras órdenes!
Y Charny imploraba con su mirada, mientras la Reina lo hacÃa de palabra.
—Mis órdenes —repitió el Rey—. No tengo ninguna que dar, estoy preso. Haced cuanto creáis que puede hacerse.
—Bien —dijo la Reina—, es cuanto necesitamos.
Y llevando aparte a Charny, prosiguió:
—Tenéis carta blanca: Haced como ha dicho el rey, cuanto creáis que puede hacerse.
Luego, en voz baja, añadió:
—¡Pero haced pronto y obrad con energÃa, o somos perdidos!