La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Era un hombre de cuarenta a cuarenta y dos años y de fisonomía severa y melancólica; el cuello de su camisa caído sobre los hombros, su casaca abierta, sus ojos enrojecidos por el cansancio, sus vestidos cubiertos de polvo, indicaban claramente que él también impulsado por alguna pasión violenta, acababa de hacer un viaje largo y precipitado. Un sable y dos pistolas pendían de su cintura. Sin aliento, casi sin voz en el momento de abrir la puerta, sólo pareció tranquilizarse al reconocer al rey y a la Reina. Una sonrisa de venganza satisfecha animó su cara, y sin inquietarse de los personajes secundarios que ocupaban el fondo de la habitación ni las inmediaciones de la puerta, que cerraba casi completamente con su grande corpulencia, alzó la mano, diciendo:
—¡En nombre de la Asamblea nacional, todos sois mis prisioneros!
Rápido como el pensamiento, el señor de Choiseul se adelantó un paso, con una pistola en la mano, y tendió el brazo hacia la cabeza del recién venido, que parecía exceder en insolencia y resolución a cuantos hasta entonces habían aparecido.
Pero por un movimiento más rápido aún, la Reina detuvo aquella mano, y dijo en voz baja al duque:
—No anticipéis nuestra pérdida, caballero… ¡Prudencia! Todo esto nos hace ganar tiempo, y el señor de Bouillé no debe estar lejos.