La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Un rumor de aprobación acompañado, o más bien, seguido de frenéticos bravos, dejóse oír en la pieza inmediata.

—¡Señora, señora! —murmuró el duque de Choiseul al oído de la Reina—, no olvidéis que sois vos quien me ha detenido, y que a no ser por la piedad que habéis tenido de ese hombre, no sufriríais semejante ofensa…

—¡Todo es nada si nos vengamos! —contestó la Reina.

—Es cierto —replicó el duque de Choiseul—, pero ¿y si no nos vengamos?

La Reina lanzó un gemido sordo y doloroso.

El conde de Charny avanzó lentamente su mano por encima del hombro del duque, y tocó el brazo de la Reina.

María Antonieta se volvió con precipitación.

—No os inquietéis de lo que ese hombre diga o haga —dijo el conde—, yo me encargo de él.

El Rey, aunque aturdido con el nuevo golpe que acababa de recibir, miraba con extrañeza al sombrío personaje que, en nombre de la Asamblea de la nación y del pueblo, acababa de dirigirle palabras tan enérgicas, y a su extrañeza se mezclaba cierta curiosidad, nacida de que al rey parecíale no ser la primera vez que veía a aquel hombre, aunque no recordaba dónde y cuándo.


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