La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Pero, en fin —dijo—, ¿qué queréis? Hablad.

—Señor, quiero que vos y vuestra familia no deis un paso más hacia el extranjero.

—Y ¿venís, sin duda, con millares de hombres armados para oponeros a mi marcha? —añadió el Rey avanzando en la discusión.

—No, señor, soy yo solo… o más bien, somos dos: el ayudante del general Lafayette, y yo, un simple aldeano. ¡Pero la Asamblea ha dado un decreto; cuenta con nosotros para que sea puesto en ejecución, y lo será!

—Dadme ese secreto —dijo el Rey—, que yo lo vea, al menos.

—No soy yo quien lo tiene, sino mi compañero. Mi compañero es enviado por el señor de Lafayette y por la Asamblea, para hacer ejecutar las órdenes de la nación. Yo vengo por el señor de Bailly, y sobre todo por mí mismo, para vigilar a mi compañero y saltarle la tapa de los sesos si se descuida.

La Reina, el señor de Choiseul, el de Damas y los otros circunstantes se miraron con asombro. Sólo habían visto al pueblo oprimido y furioso, impetrando gracia o asesinando; lo veían por la primera vez tranquilo, resistiendo, con los brazos cruzados, conociendo su fuerza y hablando en nombre de sus derechos.


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