La Condesa de Charny
La Condesa de Charny De luto por su hermano, muerto dos días antes, el conde de Charny vestía de negro.
Y como aquel duelo, semejante al de Hamlet, no estaba solamente en el traje, sino en el fondo del corazón, también su rostro pálido atestiguaba las lágrimas que había derramado y los dolores que había sufrido.
La Condesa abarcó de una rápida mirada todo este conjunto. Jamás las buenas figuras son tan bellas como después de las lágrimas; jamás Charny había parecido tan seductor.
Andrea cerró un instante los ojos, echó la cabeza hacia atrás ligeramente, como para que su pecho pudiera respirar, y apoyó la mano en su corazón que desfallecía.
Cuando abrió de nuevo los ojos, es decir, un segundo después, vio a Charny en el mismo sitio.
El ademán y la mirada de Andrea preguntaban al mismo tiempo, tan visiblemente, por qué no había entrado, que el Conde contestó al punto:
—Señora, esperaba.
Y se adelantó un paso.
—¿Se debe despedir el coche del caballero? —preguntó el conserje por encargo del criado del Conde.
