La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Charny fijó una mirada de indecible expresión en Andrea, que como deslumbrada cerró los ojos por segunda vez, permaneciendo inmóvil, con la respiración suspensa, como si no hubiera entendido la pregunta y sí visto la mirada.
Una y otra, sin embargo, habían penetrado directamente en su corazón.
Charny buscó en aquella estatua viviente alguna señal que indicase lo que debía contestar; y después, como el estremecimiento de Andrea podía ser igualmente el temor de que el Conde fuese como el deseo de que se quedara, contestó el conserje:
—Decid al cochero que espere.
La puerta se cerró, y acaso por primera vez desde su casamiento, el Conde y la Condesa quedaron solos.
Charny fue el primero en romper el silencio.
—Dispensad, señora, ¿sería todavía indiscreta mi inesperada presencia? Estoy de pie, el cochero espera a la puerta, y si fuera así, me marcharía como he venido.
—No, caballero —contestó Andrea con viveza—, todo lo contrario. Sabía que estabais sano y salvo; mas no me considero menos dichosa al volver a veros después de los acontecimientos ocurridos.
—¿Con que habéis tenido la bondad de preguntar por mí, señora? —pregunto el Conde.