La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Y con ese gemido de dolor natural en la mujer que ve decaer un poderÃo que juzgaba invencible, añadió:
—¡Nunca lo hubiera creÃdo!
—¡Bien! —murmuró sonriendo el segundo mensajero—, ¡parece que he hecho bien en venir!
Romeuf se adelantó con los ojos bajos, el paso lento y el papel en la mano.
El Rey, impaciente, no dio al joven tiempo para presentarle aquel decreto; dio hacia él un paso y se lo arrancó de las manos.
Después de haberlo leÃdo, dijo:
—¡Ya no hay rey en Francia!
El hombre que acompañaba al señor de Romeuf sonrió, como si hubiese querido decir: «Ya lo sé yo».
Al oÃr las palabras del Rey, la Reina hizo un movimiento para interrogarle.
—Escuchad, señora —dijo—, he aquà el decreto que la Asamblea ha osado escribir.
Y con voz conmovida por la indignación, leyó: