La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Su compañero uno de rabia.

—¡Ah! —exclamó—. ¡Un insulto a la Asamblea! ¡Un insulto a la nación! ¡Un insulto al pueblo!… ¡Está bien!

Y volviéndose hacia aquellos hombres, ya excitados a la lucha y armados de fusiles, sables y guadañas, que llenaban la habitación contigua, gritó:

—¡A mí, ciudadanos!

Aquellos hombres hicieron un movimiento, que no era sino la continuación del primero, para penetrar en la alcoba, y Dios sabe lo que hubiera resultado del choque de aquellas dos cóleras, cuando Charny, que desde el principio de la escena sólo había pronunciado las pocas palabras que hemos citado, y que había permanecido como ajeno a ellas, se presentó, y cogiendo del brazo a aquel guardia nacional desconocido en el momento en que llevaba la mano a la empuñadura de su sable, dijo:

—Una palabra, si os place, señor Billot, deseo hablaros.

Billot, pues era él, en efecto, dejó escapar a su vez un grito de asombro, al par que una palidez mortal cubría su rostro; permaneció indeciso un instante, y volviendo a meter en la vaina la espada que había sacado casi totalmente, dijo:

—¡Sea! Yo también tengo algo que deciros.

Y dirigiéndose inmediatamente hacia la puerta, añadió en voz baja:


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