La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Y hubiéramos dicho que el Conde esperaba al paso las dos palabras que hemos subrayado, pues se estremeció en el momento de ser pronunciadas.
—SÃ, señora —contestó—; como vos decÃs, es una pérdida terrible para mà la de ese joven, pérdida que, por fortuna, no podéis apreciar, por haber conocido muy poco al pobre Jorge.
En aquellas palabras por fortuna, habÃa una especie de dulce y melancólica reprensión.
Andrea lo comprendió asÃ; pero ningún indicio exterior reveló que se habÃa fijado en ello.
—Por lo demás, una cosa me consolarÃa de esta pérdida, si pudiera ser consolado —continuó Charny—, y es que el pobre Jorge ha muerto, como Isidoro morirá también, y probablemente yo, es decir, cumpliendo con su deber.
Las palabras como yo moriré probablemente, impresionaron vivamente a Andrea.
—¡Ay de mÃ, caballero! —exclamó—. ¿Creéis, pues, tan desesperadas las cosas, que sean todavÃa necesarios nuevos sacrificios de sangre para desarmar la cólera celeste?