La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Creo, señora, que si no ha llegado la última hora de los Reyes, se halla muy próxima; creo que hay un mal genio que impele a la monarquÃa hacia el abismo; y creo, en fin, que si cae, debe ir acompañada en su caÃda de todos aquellos que tomaron parte en su esplendor.
—Es verdad —dijo Andrea—, y cuando llegue el dÃa, me hallará dispuesta, como vos, a todos los sacrificios, a todas las abnegaciones.
—¡Oh!, señora —replicó Charny—; habéis dado demasiadas pruebas de abnegación en el pasado, para que nadie, y yo menos que nadie, dude de vuestra generosidad en el porvenir, y tal vez tenga yo menos derecho que los demás a dudar de la vuestra, por cuanto la mÃa, por primera vez acaso, ha rehusado una orden de la Reina.
—No comprendo, caballero —dijo Andrea.
—Al llegar a Versalles, señora, encontré la orden de presentarme al punto a Su Majestad.
—¡Oh! —exclamó Andrea sonriendo tristemente.
Y después de una pausa, contestó:
—Es muy natural; la Reina ve, como vos, el porvenir misterioso y sombrÃo, y quiere tener a su alrededor los hombres con quien sabe que puede contar.
—Os engañáis, señora —contestó Charny—; la Reina no me llamaba para que me acercase a ella, sino para alejarme.