La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—No, y con gran asombro mío. Preciso es que el comandante comprendiese mal la orden vuestra que le transmití ayer, pues lo he encontrado en la cama; pero se está levantando ya, y me ha prometido que iría él mismo a los cuarteles para apresurar la marcha. Temeroso de que os inquietárais, he venido a deciros la causa de la tardanza.

—Bien —contestó el general—, esto quiere decir que ya viene, ¿no es así?

—El comandante me ha dicho que me seguía.

Esperaron diez minutos, después un cuarto de hora y luego veinte minutos, pero nadie llegaba.

El general, impaciente, miró a su hijo.

—Vuelvo allá, padre mío —dijo el joven.

Y poniendo el caballo al galope, entró en la ciudad. Por largo que el tiempo pareciese, dada la impaciencia de los señores de Bouillé, había sido mal aprovechado por el jefe del Real alemán; apenas se contaban algunos hombres en estado de marchar; el joven oficial, quejándose amargamente, repitió la orden del general y volvió al lado de su padre con la promesa formal del comandante de que en cinco minutos él y sus soldados estarían fuera de la ciudad.

Al regresar advirtió que la puerta, por donde había pasado ya cuatro veces, estaba ocupada por la guardia nacional.


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