La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Se esperó aún cinco minutos más, diez, quince; pero nadie apareció.
Y el señor de Bouillé comprendía que cada minuto perdido era como un año menos de vida para los regios prisioneros.
Por el camino, y viniendo del lado de Dun, se vio llegar un carruaje.
Era el cabriolé de Leonardo, que continuaba su viaje cada vez más confuso.
El señor de Bouillé le detuvo; pero a medida que el pobre hombre se alejaba de París, el recuerdo de su hermano, cuyo sombrero y hopalanda había tomado, el de la señora de Aage, que nadie sino él peinaba bien y que lo esperaba sin duda, cruzaban su mente produciendo tanta confusión, tal caos, que el señor de Bouillé no pudo sacar de él nada que tuviera sentido común.
En efecto, Leonardo había salido de Varennes antes de la detención del rey, y nada nuevo podía comunicar al marqués de Bouillé.
Este ligero incidente sirvió para que durante algunos minutos tuviera más paciencia el general; pero al fin, después de transcurrida hora y media desdé que se dio la orden al jefe del Real alemán, el señor de Bouillé invitó a su hijo a ir por tercera vez a Stenay, previniéndole que no volviese sin el regimiento.
El conde Luis partió furioso.