La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Su cólera aumentó cuando, al llegar a la plaza, vio que apenas había cincuenta hombres a caballo.
Empezó a reunir aquellos cincuenta hombres y ocupar con ellos la puerta de la ciudad, a fin de tener libre la entrada y salida; volvió luego al lado del general y le aseguró que, en efecto, aquella vez lo seguían el jefe y los soldados.
Lo creía así; pero sólo después de transcurridos diez minutos, y cuando se disponía a entrar por cuarta vez en la ciudad, fue cuando se dejó ver la cabeza del Real alemán.
En cualquiera otra circunstancia el señor de Bouillé habría hecho arrestar al jefe por sus mismos soldados; pero en aquel momento temió descontentar a oficiales y subalternos, y se limitó a reconvenir al comandante por su lentitud. Arengó a los soldados, dándoles a conocer la honrosa misión que se les había reservado; díjoles que de ellos dependía, no sólo la libertad, sino la vida del rey y la familia real; por último, prometió honores a los oficiales, recompensas a los soldados, y para comenzar mandó distribuir a estos cuatrocientos escudos.
El discurso, terminado con esta peroración, produjo el efecto apetecido; resonó un grito inmenso de «¡Viva el rey!», y el regimiento partió al trote largo en dirección a Varennes.