La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Al llegar a Dun encontraron, guardando el puente del Meuse, el destacamento de treinta hombres que el señor Deslon, al salir de aquella ciudad con Charny, había dejado allí.
Se reunieron y continuó la marcha.
Se debían recorrer ocho leguas largas por un terreno de cuestas y pendientes; de modo que no se iba al paso deseado; era preciso llegar, pero con soldados que pudieran sostener un choque o dar una carga.
Sin embargo, comprendíase que se avanzaba por país enemigo, pues en los pueblos, a derecha e izquierda se oía el toque de rebato, mientras que delante resonaba algo parecido al fuego de fusilería.
Pero se avanzaba siempre.
En la Grang-au-Bois, un jinete sin sombrero, que parecía devorar la distancia, apareció de pronto haciendo señales de llamada. Se apresuró el paso, y el regimiento y el hombre se acercaron.
Aquel jinete era el señor de Charny.
—¡Al rey, señores, al rey! —gritó desde la distancia que podía vérsele y alzando la mano.
—¡Al rey!, ¡viva el rey! —gritaron a la vez oficiales y soldados.
Charny ocupa su puesto en las filas, y en cuatro palabras expone la situación: el rey estaba todavía en Varennes cuando el conde salió, y por lo tanto, no se ha perdido todo.