La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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El sable sirve como de punto de apoyo, es inútil para el caballo; pero el jinete le aprovechará.

En efecto, Charny suelta brida y estribos; deja a su caballo bregar sin jinete en aquella agua fatal, nada hacia el sable, le coge, y después de algunos vanos esfuerzos consigue sentar el pie en tierra firme.

Entonces se vuelve y en el otro lado del canal ve al señor de Bouillé y a su hijo llorando de cólera; todos los soldados están sombríos e inmóviles, y comprenden por la lucha que Charny acaba de sostener a su vista, que inútil sería esforzarse para cruzar aquel canal infranqueable.

El señor de Bouillé, sobre todo, se retuerce los brazos con desesperación; él, cuyas empresas habían tenido todas buen resultado; él, cuyos actos se vieron coronados siempre de feliz éxito, lo cual dio en el ejército origen al proverbio Feliz como Bouillé.

—¡Oh!, señores —exclamó con voz dolorida—, decid ahora que soy feliz.

—No, general —contestó Charny desde la otra orilla—, pero estad tranquilo, pues yo diré que habéis hecho todo cuanto un hombre podía hacer; y aunque sea yo quien lo diga, me creerán. ¡Adiós, general!


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