La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Mas exceptuando el enojoso tiro que acababa de resonar, habíale parecido a la reina que penetraba en una atmósfera más suave. En la puerta, donde quedó detenido el cortejo tumultuoso que escoltaba el coche, los gritos habían cesado también, y hasta se oyó cierto murmullo de compasión en el momento en que la familia real se apeó del coche. Al llegar al primer piso encontróse una mesa tan suntuosa como era posible, servida con tal elegancia, que los prisioneros se miraron con asombro.
Varios criados esperaban allí; pero Charny reclamó para sí y los dos guardias de corps el privilegio del servicio. Bajo aquella humildad, que hoy podría parecer extraña, el conde ocultaba el deseo de no separarse del rey, de permanecer a su alcance y de estar dispuesto a todo acontecimiento.
La reina lo comprendió así, pero sin volverse siquiera hacia él, no le dio gracias con la mano, la mirada o la palabra. Aquella frase de Billot: «¡Respondo de él a su esposa!», resonaba como una tempestad en el fondo del corazón de María Antonieta.
¡Charny, a quien esperaba arrancar de Francia; Charny, a quien creía expatriar consigo; Charny volvía con ella a París e iba a ver de nuevo a Andrea!
El conde, por su parte, no sabía lo que pasaba en el corazón de la reina, ni le era posible adivinar que esta las hubiese oído, sin contar que comenzaba a concebir algunas esperanzas.