La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Como ya hemos dicho, Charny había sido enviado de antemano para explorar el camino; como cumplió su misión concienzudamente, sabía cuál era el espíritu del más insignificante pueblo. En Châlons, donde abundaban los caballeros, los rentistas y la clase media, la opinión era realista.

De aquí resultó que apenas los augustos convidados estuvieron en la mesa, su patrón, el intendente del departamento, se adelantó e inclinóse ante la reina, que no esperando nada bueno, le miraba con inquietud.

—Señora —dijo—, las jóvenes de Châlons solicitan la gracia de ofrecer flores a Vuestra Majestad.

La reina se volvió con asombro hacia madame Isabel, y después miró al rey.

—¿Flores? —preguntó.

—Señora —replicó el intendente—, si se ha elegido mal el momento o la petición es demasiado atrevida, voy a dar orden para que esas jóvenes no suban.

—¡Oh!, no, no, caballero, todo lo contrario —exclamó la reina—. ¡Jóvenes y flores! ¡Dejad que suban!

El intendente se retiró, y un momento después, doce jóvenes de catorce a dieciséis años, las más lindas que se habían podido encontrar en la ciudad, presentáronse en la antecámara y se detuvieron en el umbral de la puerta.


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