La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Oh!, entrad, entrad, hijas mías —exclamó la reina, alargando los brazos.

Una de las jóvenes, intérprete, no solamente de sus compañeras, sino de sus padres y hasta de la ciudad, había aprendido un gracioso discurso que se disponía a repetir; pero al oír el grito de la reina, al ver sus brazos abiertos y la emoción de la familia real, la pobre niña no pudo encontrar más que lágrimas, y estas palabras, que salidas de lo más profundo de su pecho, resumían la opinión general:

—¡Oh, Vuestra Majestad, qué desgracia!

La reina tomó el ramo y abrazó a la joven.

Charny, entretanto, se inclinaba al oído del rey y decíale:

—Señor, tal vez se pueda sacar buen partido de la ciudad, y acaso no se haya perdido todo. Si Vuestra Majestad me da permiso por una hora bajaré, y después daré cuenta de lo que haya visto y oído, o quizá hecho.

—Id, caballero —dijo el rey—, pero sed prudente, pues si os ocurriera una desgracia, no me consolaría nunca. ¡Ay!, demasiado es ya que tengamos dos muertos en la misma familia.

—¡Señor —contestó Charny—, mi vida es del rey, como lo era la de mis hermanos!

Y salió.

Pero al salir enjugó una lágrima.


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