La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Era necesaria la presencia de toda la familia real para convertir aquel hombre de corazón firme, pero delicado, en un estoico, y al examinarse a sí mismo, hallábase de nuevo ante su dolor.

—¡Pobre Isidoro! —murmuró.

Y con la mano oprimió su pecho para asegurarse de que estaba aún en su bolsillo los papeles que el señor de Choiseul le había entregado, recogidos en el cadáver de su hermano, y que se prometía leer en el primer momento de calma, con el mismo respeto que hubiera tenido para leer un testamento.

Detrás de las jóvenes, que madame Royale abrazó como a hermanas, presentáronse los padres: casi todos eran, como ya hemos dicho, o dignos ciudadanos o ancianos caballeros, que iban tímidamente y humildemente a solicitar la gracia de saludar a sus desgraciados soberanos. El rey se levantó cuando pasaron, y la reina les dijo con su más dulce voz:

—¡Entrad!

¿Se estaba en Châlons o en Versalles? ¿Era posible que pocas horas antes los prisioneros hubiesen visto asesinar ante sus ojos al desgraciado señor de Dampierre?

Al cabo de media hora, Charny entró.


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