La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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La reina le había visto marcharse y volver; pero hubiera sido imposible para el más atento observador leer en su rostro el efecto que habían producido en su alma aquella salida y aquella entrada.

—Bien —exclamó el rey dirigiéndose hacia Charny—, ¿qué hay?

—Señor —contestó el conde—, todo va bien. La guardia nacional se ofrece a conducir mañana a Vuestra Majestad a Montmédy.

—¿Y habéis acordado alguna cosa? —preguntó el rey.

—Sí, señor, con los principales jefes. Mañana, antes de marchar, el rey solicitará oír misa, cosa que no se puede negar a Vuestra Majestad, por ser la fiesta del Corpus; el coche esperará al rey en la puerta de la iglesia, y al salir, este subirá al carruaje; resonarán los vivas, y en medio de estos el rey dará orden de marchar hacia Montmédy.

—Está bien —dijo el rey—, gracias, señor de Charny; si de aquí a mañana no ha cambiado nada, haremos como decís… Pero id a descansar un poco, vos y vuestros compañeros, porque debéis necesitarlo más aún que nosotros.

Como ya se comprenderá, aquella recepción de jóvenes, de buenos ciudadanos y de nobles caballeros, no se prolongó hasta muy entrada la noche; el rey y la familia real se retiraron a las nueve.


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