La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Conde —contestó el rey—, se ha derramado ya bastante sangre por mi causa, sangre que lloro con lágrimas muy amargas, y no quiero que se vierta ni una gota más… Volvamos.
Al oÃr estas palabras, los dos jóvenes del pescante se lanzaron a la portezuela, y los guardias de la compañÃa de Villeroy acudieron. Aquellos valerosos y entusiastas militares no deseaban más que empeñar la lucha con los paisanos; pero el rey repitió la orden más terminantemente que la primera vez.
—Señores —dijo Charny en voz alta e imperiosa—, volvamos, pues el rey lo quiere asÃ.
Y cogiendo él mismo la brida del caballo, hizo dar la vuelta al pesado carruaje.
En la puerta de ParÃs, la guardia nacional de Châlons, inútil ya, cedió su lugar a los campesinos, a la guardia nacional de Vitry y a la de Reims.
—¿Os parece que he obrado bien, señora? —preguntó Luis XVI a MarÃa Antonieta.
—SÃ, señor —contestó la reina—, mas creo que el señor de Charny os ha obedecido muy fácilmente…
Y quedó sumida en profundas reflexiones que no se debÃan todas a la situación en que se hallaba, por terrible que fuese.