La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El coche real seguía tristemente el camino de París, vigilado por aquellos dos hombres sombríos que acababan de hacerle retroceder, cuando entre Epernay y Dormans, Charny pudo, gracias a su elevada estatura, y desde el pescante en que se hallaba, ver otro coche que venía de París al galope de cuatro caballos de posta.
Charny adivinó al punto que aquel coche traía alguna noticia grave, o un personaje de importancia.
En efecto; cuando hubo alcanzado a la vanguardia de la escolta, y después de cruzarse dos o tres palabras, vióse que las filas de aquella se entreabrían y que sus individuos presentaban respetuosamente las armas.
El carruaje del rey se detuvo y se pudieron oír ruidosos gritos.
Todas las voces repetían al mismo tiempo: «¡Viva la Asamblea nacional!».
El coche que llegaba de París continuó su marcha hasta que estuvo cerca del carruaje del rey.
Después se apearon de él tres hombres, dos de los cuales eran completamente desconocidos de los augustos prisioneros.
Cuando el tercero asomó la cabeza por la portezuela, la reina murmuró al oído de Luis XVI:
—¡El señor de Latour-Maubourg, el alma condenada de Lafayette!
Después, moviendo la cabeza, añadió:
