La Condesa de Charny

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—Estaremos tanto más satisfechos —continuó la reina—, cuanto que no habremos hecho venir al conde con nosotros. Cuando yo le suponía en París, muy tranquilo, le hemos visto llegar de pronto y acercarse a la portezuela del coche.

—Es verdad —contestó el rey—, eso prueba que no tiene necesidad de estímulo cuando cree cumplir su deber.

¡No había duda; la reina era inocente!

¿Cómo Barnave se haría perdonar por la reina el mal pensamiento que concibió contra la mujer?

El diputado, pues, no se atrevía a dirigir la palabra a María Antonieta. ¿Esperaría a que esta rompiese el silencio? La reina, satisfecha del efecto que habían producido las pocas palabras que acababa de pronunciar, no habló más.

Barnave volvía a ser bondadoso y casi humilde, imploraba una mirada de la reina; pero esta no parecía fijar su atención en él.

El joven se hallaba en uno de esos estados de exaltación nerviosa en que, para llamar la atención de una mujer indiferente, se emprenderían los doce trabajos de Hércules, a riesgo de sucumbir en el primero.


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