La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Imploraba al Ser Supremo —en 1791 no se imploraba a Dios— para que le enviase una ocasión, con pretexto que atrajese las miradas de la regia indiferente, cuando de improviso, y como si el Ser Supremo hubiese escuchado la súplica del joven diputado, un pobre sacerdote que estaba a la orilla del camino esperando el paso del rey, acercóse para contemplar mejor al augusto prisionero, y levantando al cielo sus manos y sus ojos llenos de lágrimas, exclamó:

—¡Señor, Dios guarde a Vuestra Majestad!

Mucho tiempo hacía que el pueblo no tenía motivo o pretexto de manifestar su cólera; y nada había ocurrido desde que hizo pedazos al viejo caballero de San Luis, cuya cabeza llevaban en la punta de una pica.

Se le ofreció con esto una ocasión, y la aprovechó.

A la expresión y a la súplica del anciano, el pueblo contestó con un clamoreo y se arrojó sobre el sacerdote, él cual, en un momento, antes de que Barnave pudiese despertar de su letargo cayó en tierra, e iba a ser despedazado, cuando la reina dijo a Barnave:

—¿No veis lo que pasa?

El diputado levantó la cabeza, paseó una rápida mirada sobre la multitud, en la que acababa de desaparecer el pobre anciano, y que se agitaba en tumultuosas oleadas amenazadoras en torno del coche, y al observar lo que se trataba de hacer, exclamó:


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